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Egidio Romano

Egidio Romano

Dice el diccionario que una semblanza es un bosquejo biográfico, pero la costumbre establecida aquí en el IVIC ha sido que las semblanzas de los Investigadores Eméritos, sean más bien apologías. No obstante, apegándome al sentido original de la palabra, en el caso que me ocupa, el de Egidio Romano, empezaré por establecer sus rasgos biográficos fundamentales o como diría Miguel Layrisse, su hoja de vida. Como lo indica su nombre, Egidio Romano nos vino de los territorios de la nación romana, lo cual es más evidente si damos su nombre completo: Egidio Luigi Romano Roselli; específicamente fue transplantado a Venezuela, a temprana edad, desde Guardia Piemontese, de pobladores provenientes de las estribaciones alpinas, pero enclavado en el sur de Italia. Sus estudios de medicina los realizó en la Universidad de Carabobo, donde se destacó entre los mejores y desde muy temprano se comenzó a interesar por la investigación científica. Es así como en 1966, ingresa como estudiante asistente en el Laboratorio de Fisiopatología, bajo la supervisión de Sergio Arias. Obtenido el título de Médico Cirujano en 1967 y luego de realizar el internado médico en el Hospital Central de Valencia, ingresa como estudiante graduado bajo la égida de Miguel Layrisse. Posteriormente complementa su formación científica con estudios formales de maestría en el Instituto Tecnológico de Massachussets, en Boston, EE. UU. y luego los de doctorado en la Universidad de Londres. Su carrera formal como Investigador Asociado del IVIC comienza en 1975. Su interés siempre ha estado centrado alrededor de la Hematología y la Inmunología, tanto en sus aspectos básicos como aplicados, aunque siempre marcado por una tendencia a buscarle una aplicación a los conocimientos generados durante la investigación.

Es así como Egidio Romano, se convierte en unos de los pioneros en el uso del oro coloidal como elemento de tinción en estudios de microscopía electrónica, lo cual ha sido reconocido internacionalmente, y además en el uso del desarrollo terapéutico de sacáridos, tanto en el tratamiento de la enfermedad hemolítica del recién nacido por incompatibilidad de grupos sanguíneos, como en el transplante de órganos, para sólo mencionar dos ejemplos delas áreas que ha laborado. En el campo de la  investigación su tenacidad para alcanzar sus metas, aunada a una gran capacidad de trabajo ya su talento, le ha rendido excelentes frutos. Su producción científica, relevante, trascendente y extensa le fue reconocida con el otorgamiento del Premio Lorenzo Mendoza Fleury, de la Fundación Polar, en 1997.

Pero además de su dedicación casi completa a la investigación, Egidio no ha olvidado su formación médica y es así como ha mantenido a través de los años, junto con Miguel Layrisse, un consultorio para el tratamiento de trastornos hematológicos, conjugando así la investigación básica y clínica en esa área. Por otra parte, ha demostrado un enorme interés en la docencia tanto de pregrado como de postgrado, siendo este último aspecto uno de los puntuales de nuestra educación superior. Además de dictar numerosas clases en diversas asignaturas, fuera y dentro del IVIC, ha dirigido más de veinte tesis y trabajos de grado. 

En Egidio se conjuga además un extraordinario espíritu colaborativo demostrado en los numerosos cargos académicos-administrativos desempeñados a lo largo de su carrera: Coordinador de Area, Miembro de la Comisión de Estudios, de la comisión Clasificadora, Jefatura de Laboratorio, de Centro, incluyendo la Subdirección del Instituto y finalmente su Dirección. Cuando fue escogido para este último cargo, dadas las circunstancias económicas, políticas y sociales del país, muchos pensaron que asumir tal responsabilidad era como hacer un salto al vacío, pero Egidio, dado su tesón, trabajó y talento, ha sabido ir construyendo las alas durante el descenso.

Una actividad importante dada por Egidio, que demuestra su capacidad científico-gerencial fue la concepción y desarrollo de la Planta Procesadora de Derivados Sanguíneos. El proceso se inició a comienzo de la década de los 80, cuando ejercía el cargo de Subdirector, en cuyo momento logró establecer los planes iniciales y obtener los primeros recursos para iniciar el proyecto, siendo el Presidente Luis Herrera Campíns encargado de poner la primera piedra. En esa oportunidad pronunció un discurso, elogiado tanto por su contenido como su brevedad, un ejemplo de su estilo conciso y directo. Pareciera que estuviera escrito que sería el mismo Egidio, siendo Director del Instituto, el encargado de inaugurar la Planta, ya en funcionamiento, unos quince años después.

Egidio es una persona mesurada en sus actuaciones. En el corto período que lo conozco -si veinte años no es nada, un pocomás tampoco debe serio-, sólo una vez lo he visto perder la mesura y fue precisamente en su madre patria, frente a la hermosa bahía de Nápoles. Luego de un viaje en autobús desde Roma, al llegar al puerto de Nápoles para tomar el ferry que nos llevaría a la isla de Capri, me doy cuenta que mi maleta no aparece en el compartimiento de equipajes del autobús, donde había sido puesta por el chofer. La única explicación de su desaparición que se me ocurre en ese momento, es que había sido bajada inadvertidamente en una parada que el autobús había hecho unos pocos minutos antes frente a la estación ferroviaria principal de la ciudad. Como mi dominio en italiano era casi nulo, Egidio toma la tarea de explicarle al chofer lo que creemos que había pasado. El conductor tercamente niega su responsabilidad del hecho y no acepta la sugerencia de regresar a la parada anterior, ante la posibilidad de encontrar la maleta. Es allí cuando, agotada su paciencia, Egidio se exalta en grado sumo y amenaza al chofer, cosa que yo intuía, vista de mi ignorancia del italiano. En el fragor de la discusión, la lengua melodiosa y delicada, de la cual Carlos V solía decir que era la que él usaba para conversar con las damas -a los hombres les hablaba en francés ya su caballo en alemán- perdió allí su meliodiosidad y dulzura. Afortunadamente, el resto de los pasajeros se puso de nuestra parte y el chofer se vio obligado a regresar a la estación del tren. Por gracia divina, la maleta nos esperaba allí. Una semblanza de Egidio estaría incompleta si no consideramos el rol desempeñado en su vida por Mirtha, la esposa inseparable e insuperable, la oposición complementaria y el soporte eficaz y constante, el estímulo sublime e ideal. En alguna película del director sueco Ingmar Bergman recuerdo haber oído que cuando una pareja permanece junta durante mucho tiempo, terminan sus integrantes por parecerse el uno al otro; además del comentario, el efecto cinematográfico es impactante. Aquí ha pasado todo lo contrario, afortunadamente para Mitha, quien sigue tan fresca, tersa y lozana, como cuando la conocí por primera vez. Estoy seguro que Egidio opina lo mismo. ¡Más le vale! Si se me exigiera resumir lo que hasta aquí he dicho, diría que Egidio conjuga la excelencia en la actividad científica con la eficacia en las labores gerenciales académicos administrativas, una combinación que a mi parecer, es muy inusual. Por otra parte, dada sus características de tesón, tenacidad, templanza, talento y capacidad de trabajo (yo llamaría trabajosidad, si se me permite la incorrección) es justo decir que Egidio es el hombre de las cinco T.

Finalmente, no puedo sustraer a mi condición de científico que cree firmemente que la objetividad debe prevalecer en cualquier consideración que se haga, incluyendo la presente; y siendo que hasta ahora sólo he hecho una apología de Egidio Romano, es justo que veamos la otra cara de la moneda. Pero, viéndolo bien, creo que eso debemos dejarlo para después que el Dr. Romano deje la Dirección.

Visto por Andrés Soyano, Investigador.

Fecha

22 Julio 2015

Categorias

Emeritos